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02 febrero 2015

De pendejo fui medio dormilón.
Medio tirando a bastante.
1997. San Bernardo.
Fuimos con mis amigos solos por primera vez a la costa.
Alquilamos un departamento.

Ah, les aviso ahora para que después no haya desilusión: Está historia es medio patética, eh. Bueno, para que después no me vengan a decir nada.
Están avisados.

Nos fuimos con 17 años a San Bernardo. 
Éramos 5.
Unos tiernitos bárbaros.
Ponernos en pedo era lo más loco que podíamos hacer.
Ah, no, una vez fumamos porro. Bah, yo técnicamente no fumé. No tragué el humo.
Como decía, nos pusimos en pedo varias noches. Lo normal.
Todo muy naif.
Todo muy ‘virgo’.
De minas ni hablar.
Estábamos en esa época donde con el solo hecho de existir espantábamos a las minas.
Debía ser algo hormonal.
Pero también éramos nosotros. Nuestra forma de ser. Nuestra personalidad. Qué sé yo.
Sólo los ‘virgos’ sabemos de qué se trata.
Pero la pasábamos bien.
Una joda, no sabés.
No, en serio, estuvo muy bueno.
O sea, “muy bueno”, ¿entendés?
Muy bueno y punto. A casa.
No, de verdad, estuvo bueno.
Pero hubo algo... algo que todavía hoy lo recuerdo y se me erizan las tetillas.
O sea, no fue ni una bisagra en mi vida, ni nada de eso. Todo lo contrario. Pero está ahí. Retumba en las cavernas de la memoria emotiva. (?)
La cosa es que cuando deambulábamos con mis amigos por Chiozza, cuando íbamos de los videos a comprar una hamburguesa; de escabiar en la playa de noche a algún boliche; o simplemente eso, nos trasladábamos de un lugar a otro sin destino fijo.
Me empecé a cruzar con una chica de rastas pelirroja.
Me la crucé una vez, me gustó.
Me la crucé por segunda vez, listo, me enamoré.
La cosa es que me la cruzaba en todos lados. Yo con mis amigos, ella, con sus amigas.
Al parecer teníamos la misma no-rutina. La misma “no tenemos mucho plan, sólo caminamos de acá para allá”.
Me gustaba más.
Me gustaba mucho más. Era todo muy onda post Nirvana.
Estaba estallando la onda “alternativa”. La mina usaba bermudas, All Star desatadas y morral. Nada más sexy que una mina usando bermudas no hard core, sino más onda surfers. Yo iba con mi camisa de skater y nunca me había subido a una puta patineta, unas bermudas hechas por mí y una zapatillas Air Walk. Todo muy roñoso y “cool” (entre comillas, por favor).
Bueno, la cosa es que la mina no sólo se limitaba a pasar por delante de mis narices sino que me arrojaba miradas.
¡La mina me mira a mí!, ¿entendés? Esa mina salida del video ‘1979’ de Smashing Pumpkins me miraba a mí. ¿Y yo que hacía? Nada. Absolutamente nada. La miraba, pero no decía nada. Bien podría ser, hasta acá, una “percepción” mía.
La mina era medio petisa, contextura más bien chica, yo ya acariciaba el metro 80 o más. Era lo único que acariciaba, las alturas. La mina me miraba con sus pecas y sus rastas rojo infierno. La mina me miraba seria, intensamente, pero debajo de esa cara de “rea” podía ver un rostro angelical. Lograba entender que, no hace mucho, había sido una “carilinda” o “modelito”, términos que dice la gente grande cuando ve un pibe o mina con proporciones aparentemente bellas.
Bueno, me miraba, yo la miraba. Nos mirábamos pasar. Caminando, yo para allá, ella para acá. Y cuando el ángulo llegaba a 181° y a la estúpida capacidad visual le saltaba la térmica, la dejaba de ver. Y por adentro me pasan mil cosas, la más notoria: “pelotudo, hacé algo”. Pero mi cuerpo no se movía. O mejor dicho, mi cuerpo no dejaba de moverse, pero hacia delante. No podía dejar de caminar. No podía romper ese MRU (Movimiento rectilíneo uniforme) en un MRUV (Movimiento rectilíneo uniformemente variado).
Seguía como un boludo a velocidad crucero hacia delante.
Bueno, no la vamos a hacer más larga.
La cosa es que así varias veces, como una gomita elástica se estira hasta su punto máximo, pero no se corta.
Me crucé una vez más, una última vez: Yo venía con mis amigos, ella con un par de amigas, estábamos a la altura de “Charly”, los videojuegos. Nos íbamos acercando. Un paso, otro, otro, otro, hasta quedar casi a la misma altura. Mis amigos ya sabían de toda esta situación, imposible no saber. Las amigas de ella, me desayuné que también, porque al estar a menos de medio metro sus amigas se empiezan a reír, ella me mira, yo la miro, mis amigos se ríen. Esa risa de expectativa, nadie hablaba, había un silencio casi respetuoso, un silencio de “denle, nomás, nosotros no miramos”. Casi nos estaban sirviendo en bandeja de rubíes. Sus amigas a ella, y mis amigos a mí. Sólo faltaba que alguien me empujara, ya estaba. Era ahí.
Nadie me empujo, y está bien, era yo el que tenía que moverme hacia ella.
Bueno, no lo hice. Las amigas se fueron riendo por lo absurdo de todo.
Era obvio. Era todo demasiado obvio. Yo no entendía nada, no escuchaba nada, hasta que un amigo me gritó: “Noooo, sos un pelotudo, te voy a bardear toda la vida con esto”.
La chica de rastas pelirroja pasó de largo.
Yo hice lo mío. Es decir, no hice lo mío. No hice lo que tenía que hacer. Pasé de largo.
Seguimos en sentidos opuestos.
Me quería matar.
Me quería morir.

Yo avisé en el 6to renglón que esta historia no tenía un final feliz.
Y es más. Puede ser todavía un poquito peor.

El día que volvíamos a Capital me fui a caminar solo antes de ir a tomar el micro.
Estaba mal. Esa mina me había dejado desencajado.
Serían las tres de la tarde. No había nadie en la calle. Me caminé todo Chiozza, y no va que ¿con quién me cruzo?
Sí, lo que están pensando.
Ella. La chica de rastas pelirroja.
¿Qué mierda hacía por ahí a esa hora?
Iba con una amiga sola.
Bueno, no hice nada.
Otra vez no hice nada.
Vieron, siempre se puede ser todavía más patético y miserable.

Volví a Capital.
Volví a repetir esa secuencia donde nos cruzábamos en la puerta de los videos ‘Charly’ en mi cabeza una docena de veces. Y me quedo corto.
Veía la escena tan clara, tan nítida, veía a la chica con tanto detalle que hasta la podía dibujar.
Bueno, la dibujé.
Dibujé a la chica de rastas pelirroja con pecas, bermuda surfer, All Star y morral.

Ni hace falta decir que nunca más la volví a ver, ¿no?
¿Sí, hace falta? ¿Seguro?... Daaale, ustedes también me la complican más... Bueno, no, nunca más la volví a ver.

Un día, mucho tiempo después, quise buscar el dibujo, pero no lo encontré por ningún lado.
Si llego a decir que lo quemé me linchan ¿no? Ja-ja. No, ¿cómo lo voy a prender fuego? Lo perdí, lo perdí.
En serio, ¿que más quisiera que ver ese dibujo por toda la eternidad, donde la chica de rastas pelirroja me miraba como esperando a que hiciera algo? Como diciendo: “No serás medio dormilón, vos ¿no?”.

Sebastián Culp.
2015

8 comentarios:

  1. podría ser peor el final.... animarte por fin y por la inexperiencia, tener un hijo de 20 años ya je.... eso si, un colorado divino...

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    1. Jaja, claro, un colorado/a que haga publicidad.

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  2. Creo que a todos alguna vez nos pasó de quedarnos "pavotes"...y lo peor es que con los años queda esa sensación "y si...." Peor no. Ahora, la mina también podía decir algo, o hablar, eso de que siempre se tenga que encarar (y a esa edad) es muy jodido. Abrazos, me agarró una especie de "nostalgia" , ahora con 33 pirulos XD

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    1. La nostalgia es inevitable. Pero bien, nada de "querer volver a esa época". Hay que bancarse lo que hicimos y sobre todo lo que No hicimos. Abrazo, che!

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  3. Curiosa reflexión. "Y si...". NostalgiaMuy bueno el contenido, me encanta el blog.

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  4. ¡Muy bueno! ¡Desearía no haberme sentido identificado! Jajaja. ¡Maldito Culp!
    ¡Abrazo!

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