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28 octubre 2015

Filmando un video para el colegio en 5to año descubrí mi vocación: Tomar cerveza

En 5to año tuvimos que hacer un trabajo práctico sobre la prevención del alcoholismo para “Educación para la salud”.

Yo tenía una cámara JVC, era de mi viejo en realidad, pero la usaba yo para boludear. Filmaba todo: fiestas; cumpleaños; tardes de boludeo; la llevaba al colegio, a jugar a la pelota (y hacíamos entrega de un muy berreta Premio Chamigo), lo qué sea.
Entonces cuando la profesora nos dio la opción “Pueden hacer un video para el trabajo”, no dudamos ni un segundo.

Éramos 4 en el grupo: Ramiro, Pablo, Facco y yo.

El video narraba tres historias paralelas, era una suerte de video coral (?) sobre esta problemática.

-Ramiro interpretaba al alcohólico de clase media alta: 
De traje, tomaba whisky y manejaba un Peugeot 405 de mi viejo a todo lo que da. No manejaba nada, hicimos un plano corto de él sentado y le movíamos el auto desde afuera, mientras hacía que tomaba Criadores del pico.
Un tipo cuasi indigente que tomaba vino de cartón para olvidar a su novia. Esto lo graficamos con un excelente plano detalle de la foto de su novia, que Pablo sostenía en las manos: Guillermina Valdés en una hoja de revista Viva. El set era el patio de mi casa, sucio y ambientado para la ocasión. Otro vagabundo (Pato) dormía en un costado tapado con diarios. (Pato fue a “ayudarnos” con el trabajo y con la cerveza).

-Yo me paraba a vomitar una mezcla perfecta de chicitos, cereales y yogurt.
-Ramiro seguía enfiestado en el auto, tomando y cantando a los gritos. 
-Facco se desmayaba de un ataque repentino de cirrosis. El efecto transpirado estaba muy logrado.

La cámara paneaba y dejaba ver a un Ramiro con medio cuerpo afuera del parabrisas desmayado. Pablo sobre el capot, llevaba la misma suerte. Y la bicicleta incrustada adentro del auto. El estado desmejorado del Taunus nos ayudó bastante en los efectos.
La musicalización: La pieza que acompañaba el video institucional salía de un grabador de periodista con un parlantito diminuto, que sostenía Pato al lado de la cámara (cuando no hacía de linyera). 
El tema elegido para El Video sobre la Prevención del Alcoholismo era “Canción de amor” de 2 minutos: 


-Pablo interpretaba al paria, el borracho clase baja: 
-Facco y yo, interpretábamos los borrachos sociales: Entre amigos “hacíamos” que tomábamos cerveza.

El video presentaba ese cuadro de situación. Hasta que todo explotaba.

-Pablo, desesperado por el abandono de Guillermina Valdés (?), revoleaba el tetra, se ponía de pie, por qué sí, le pegaba una patada en el orto al vagabundo Pato, que apenas se movía. Agarraba una playera y salía enfurecido a la calle. 

El desenlace era uno solo. El obvio.

Pablo se le aparecía de la nada a Ramiro, que no podía esquivarlo y lo levantaba en el aire con bicicleta y todo.

CORTE A:

Cerca de mi casa había un Taunus azul abandonado y hecho bolsa. El auto que manejaba Ramiro hasta segundos atrás era un 405 plateado. Por favor no se detengan en detalles, lo que importaba era lo que se estaba contando.

El impacto quedó fuera de campo.

El plano mostraba a los dos cuerpos sin vida como yacían entre fierros y mugre, la rueda de la playera apenas giraba, y kétchup, mucho kétchup por todos lados.
La técnica: Todo el video fue filmado según el orden de la historia porque se editaba en cámara.


La profesora que se habrá dejado llevar por la magnificencia de nuestras imágenes, y de aquella impactante narración, no entendió la elección del tema musical como una apología o una muy sutil ironía, por el contrario, nos puso un aplaudido 10.
De más está decir que esta gema del audiovisual se perdió irremediablemente. 
Seguramente habremos grabado encima alguna mañana inolvidable en la clase de Claudio Ríos, el de Historia.

Sebastián Culp
2015



21 octubre 2015

Bolsillos Hacia Afuera

Colección Primavera 2015
Bolsillos Hacia Afuera
Hace mucho, cuando los blogs estaban de moda, hicimos este post:http://www.bigotefalso.com.ar/2013/02/otono-2014.html

Hoy es una realidad.
Porque El futuro es hoy. No es una forma de decir, es verdad. Hoy, 21 de Octubre, el Doc y Marty llegaban al futuro en "Volver al futuro II". Pero eso lo saben todos.

Como no logramos que los autos vuelen
Ni que la "súper tabla", flote (Hay mucho video fake)
Las Nike automáticas parecía que se concretaban pero es una falsificación de edición limitada con luces y nada más.
Lo mismo con la “Pepsi Perfect”. Onda, es Pepsi es una botella rara, nada más.
Tampoco logramos la pizza hidratada.
Mucho menos que los perros se paseen solos por medio de un control remoto volador.

Entonces desde este humilde portal para el entretenimiento y la reflexión mundana lanzamos la campaña: Bolsillos Hacia Afuera.

Simple
Cómodo (?)
Vanguardista
Pintoresco
Magnificente







Ya sabe: Primavera 2015
Moda Bolsillos Hacia Afuera
Una iniciativa de Bigote Falso.

17 octubre 2015

El buscador

No soy conformista.
Más bien todo lo contrario. No sé qué vendría a ser.
Cuando quiero algo, lo busco.
Lo busco por todos lados.
Entro a un local y no veo lo que tiene para ofrecer. 
Voy como un robot escaneando con los ojos cada producto buscando lo mío.
Como el T-800 en Terminator, buscaba a su víctima.
Entonces cuando encuentro lo que busco.
Cuando realmente encuentro lo que estaba buscando, aquello que deseaba con todo mi escroto, siento a esa cosa como si hubiera sido esculpida por los dioses del Olimpo.
Por más que esa cosa sea una mundana gorra visera verde.

Sebastián Culp
2015

13 octubre 2015

12 octubre 2015

Blue jeans

Me miro las manos.
Noto algo raro.
Las tengo azules.
Me las miro bien.
Las tengo azules tirando a morado.
Onda descomposición. Onda grado de hipotermia o algo así. Pero hace frío, podría ser eso. Se las muestro a Lucila, que salta de la silla al grito de: 

—¡¡¡Es esclerodermia!!!
—...
—La enfermedad de Iván de Pineda. A ver, mostrame, dejame ver.
—Nahh, pará.

Pienso qué estuve tocando últimamente. No se me ocurre nada. No puede ser esclero-eso... como se diga.No pasa nada. Pero las tengo realmente muy azul-morado. ¿Qué onda? Me inquieto. Sigo pensando.
Lucila al borde del colapso dice: Ahhh, no, es el jean nuevo. A veces pasa eso con los jeans nuevos. Y más con los azules oscuros. 
Me lavo las manos. 
Veo como la tinta se escurre por el lavatorio, a la vez que mis testículos vuelven al sitio donde pertenecen: la entrepierna.


Sebastián Culp.
2015

08 octubre 2015

¡Último Momento!

El flagelo de las drogas | Palomas merqueras 
Esto explicaría porque nos embisten en la calle o mueren tantas arrolladas por los autos


03 octubre 2015

Automc

Una vez fui al automc sin auto. Caminé haciendo el ruido de un rastrojero y cuando me acerqué al parlante para hacer el pedido bajé la ventanilla manualmente, me acodé en la puerta y realicé con absoluta normalidad mi pedido. La mina de turno me dijo que no sea boludo.
Ok, me fui sin comer, pero no saben con qué calidad representé el sonido de combustión de aquel motor, ni con qué lujo bajé la ventanilla imaginaria. Una especie de síntesis perfecta entre Marcel Marceau y Mc Phantom.
Una pinturita.
Pero, bueno, no todos tienen la sensibilidad para apreciar el más fino arte de la interpretación.

Sebastián Culp
2015

21 septiembre 2015

¡La BF #3 se agota!

Amigos, no cuelguen, sabemos que en la internet todo pasa muy rápido, pero quedan pocos, poquísimos ejemplares de la BF #3, posta.

Los estimamos. 
BF.




12 septiembre 2015

Los cinco tés

Hace unos años, cuando todavía era camarógrafo freelance, trabajaba filmando casas y departamentos para una inmobiliaria.
Un domingo cualquiera fui a una tipo ph.
Era un día radiante.
En horario de guardia, ponele las 16:25hs.
Era una casa grande, linda, rara, con recovecos y una escalera caracol con un ventanal zarpado que te llevaba —a través de un patio— hacia la planta alta. 
Llegué, planté la cámara y apreté REC.
No había visto al dueño, la guardista me había abierto la puerta y merodeaba por ahí.
Cuando de golpe alguien irrumpió en la sala (cocina y sala integrada) y en mi cámara.
Corté.
Saludé cordialmente pese a que me había cagado la toma. Igual está bien, era su casa.
Me saludó con un "hola" casi susurrado y fue para la parte de la cocina.
Me hice a un lado para seguir con mi menester fílmico.
Reacomodé el trípode, corregí el plano, y puse REC nuevamente. Pero la verdad verdadera es que no podía dejar de mirar de reojo.
Era la mismísima encarnación de Michael Jackson.
Misma corte de cara, misma nariz, mismo cuerpo menudo, mismo pelo, mismo timbre siniestro de voz.
Todo junto ahí, al lado mío, en la cocina.
¿Qué onda?
“Michael” llevó la pava al fuego, agarró 5 tazas y puso 5 saquitos de té en cada una de las tazas.
El agua hirvió.
Yo mientras seguía haciendo que filmaba. No, bueno, filmaba de verdad, pero sin despegar los ojos de esa escena surrealista.
Sirvió agua caliente en las cinco tazas.
Se fue.
Los 5 tés quedaron ahí, en la mesada.
Yo seguí con la filmación.
Empecé a sospechar algo.
Recorrí baños, patio, lavadero, hasta que subí por la escalerita caracol.
La pieza de Michael era un santuario de Michael. Posters, fotos, bandera, banderolas, todo el cuarto estaba empapelado con la escalofriante figura del astro del pop. El verdadero.
Ahí confirmé mi sospecha.
El joven Michael era Felipe Pettinato
Posta.
En el momento que filmaba en exclusiva el cuarto de Felipe Pettinato él no estaba, pero tenía la computadora prendida y alguien le estaba hablando por el chat. No pude ver qué le decían, que se creen que soy un mirón malicioso.
Salí del cuarto y él que esperaba afuera, entró y se sentó en la computadora.
Cuando me iba escuché como retomaba su conversación a tecleo veloz.
Bajé para irme, y ya saliendo de la casa pude ver como los 5 tés, intactos, se enfriaban sobre la mesada.
Mi trabajo me exigía recorrer toda la casa, no es que sea un fisgón morbosón, y en ese paneo semi-detallista, muuuy al pasar, no vi a nadie más en la casa.
Felipe Pettinato estaba solo. Bueno, él y la guardista.
Saber por qué hizo 5 tés es un misterio que prefiero se siga manteniendo así.

Sebastián Culp
2015

29 agosto 2015

¿Qué es Pipirno?

Estaba en la computadora.
A eso de las 8 de la noche.
Escuché un ruido en el toldo que da bajo mi ventana. Me asomé y no vi nada. Mi pupila es muy lenta para pasar de luz tungsteno a oscuridad, noche cerrada y misteriosa. Aguanté unos segundos para que el iris se abriera y ver si había algo para preocuparse caminando hacía mí o no.
No vi nada. Un poco por la oscuridad, otro poco porque no había nada.
Mientras volvía a la computadora pegó un salto al marco de la ventana un gato.
Un gato rubión, medio guachín, inquieto.
Me sobresalté, pero fui hacia él por acto reflejo. No paraba de moverse, nunca vi un gato tan entregado a un ser humano que apenas conoce. Saltó para adentro y se movía atolondradamente; miraba todo, olía todo, tocaba todo: Eso de la curiosidad mató al gato, bueno, pero multiplicalo por mil. No lo mató porque no había nada peligroso y yo soy un pan de Dios.
Después encendió el motor y me cabeceaba la mano para que lo acariciara. Y cuando se cansó, probó todos los recovecos posibles para depositar el cuerpo y, finalmente, lo hizo sobre mis piernas —con el motor de 4 tiempos al mango— mientras yo intentaba seguir con mis quehaceres de redacción. Una muy tierna imagen, lo sé.
Llegó de sopetón, se metió en mi casa y enseguida éramos mejores amigos.
Le compré comida, le puse nombre y le di un lugar para dormir.
Nos entendíamos bien, o bueno, él hacía lo que quería (como todo gato) y yo seguía con mi vida (como todo humano con un gato).
Pero también cuando le pintaba se mandaba a mudar. Y le pintaba bastante seguido.
McLovin se iba por jornadas de 12 horas o más. A veces de día, a veces toda la noche. Y en esos lapsos ni se lo veía merodear por los techos, ni siquiera se lo escuchaba corretear gatas ni canarios ni mosquitas de la fruta.
Las preguntas obvias de todo humano que no puede saltar un cordón alto, salvo los que hacen parkour, son: ¿Adónde irá?, ¿Qué hará?, ¿No le da miedo aquella cornisa?, ¿Comerá?, ¿Le dará masa a alguna gata?, ¿Se agarrará a las garras?, ¿Tendrá otra casa? Pará, pará, pará: ¿vos me estás diciendo que tiene otro dueño? ¿Que le da el mismo amor que me da a mí a otra persona? ¿Que duerme en otra cama y come de otra charola? Y lo más escalofriante… ¡¿Que tiene OTRO NOMBRE?!
Bueno, ahí empecé a pensar en eso. Podía ser una posibilidad, ¿por qué no?
¿Y si tenía otra casa?
¿Si tenía otro amo?
¿Otro humano que ocupara el lugar de macho alfa dominante?
Dudo mucho que alguien pudiera ocupar MI lugar, pero bueno.
¿Y si en la otra casa se llamaba “Azrael”, “Snarf”, “Tom”, “Siete” o “Juan Carlos”?
Podía ser.
Entonces, una idea.
Le compré un collar multicolor bien gay-friendly y le enganché no una chapita con el número de teléfono, sino un papelito Post-it con una nota que decía más o menos algo así: “Hola”.
Primero intentó sacárselo, pero después medio que se olvidó y quedó. Llegó su pernocte diario. Es decir, nocturno. Fue como tirar una botella al mar, pero bueno con un gato y en la ciudad.
Me levanté a la mañana, me hice mate y me puse a mirar hacia afuera. En eso, McLovin saltó al marco de la ventana y, como estaba cerrada, quedó ahí colgando del lado de afuera y con mirada de: “Uy, ¿qué carajo pasó?”.
Le abrí y noté que no traía consigo el papelito del collar.
Habían pasado como 9 horas. Mi plan había fallado. Seguramente se le calló en alguna riña con otro “e, gato”, quizás por marcar territorio, quizás por una señorita gata.
Me fui a trabajar. McLovin quedó afuera. A veces estaba realmente incontenible. Una bestia salvaje.
A la vuelta, a eso de las 19 h, mientras degustaba un fino tentempié de pan, aceite de oliva y queso fresco sin sal, escuché unos ruidos terribles en el toldo. Parecía que se venía abajo. Fui a la ventana y otra vez mi estúpida capacidad visual para pasar de luz a oscuridad no me dejó ver nada. De un salto se me vino encima mi gato asustado y todo roñoso. Noté que otro más feroz salió disparado toldo adentro. Miré a McLovin tan rápido como pude para corroborar que todavía tuviera los dos ojos en su lugar y ningún garrazo en la panza.
¡Tenía un papelito Post-it enganchado del collar!
¿Cómo era posible si antes había vuelto sin nada?
Se lo saqué de un tirón, lo planché con la mano y leí: Pipirno.
¡¿Qué?!
Levanté la cabeza como si alguien me estuviera mirando, espiando.
¿Qué? ¿Qué es esto?
¿Pipirno?
¿Quién escribió esto? ¿Por qué?
¿Me estaba respondiendo a mi “Hola”?
¿Qué significaba?
Ahí, como se imaginarán, empecé a mandar mensajes todos los días.
Uno por día.
Todos distintos.
¿Qué es Pipirno?
¿Quién sos?
¿Cómo te llamás?
¿Es tu gato?
¿Qué es Pipirno?
¿Dónde vivís?
¿Cómo se llama el gato?
¿De qué signo sos?
Se llama Tom ¿no?... Seguro se llama Tom.
¿Te gusta el arte?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué le das de comer?
¿De dónde venimos?
¿Está vacunado?”
¿Qué catzo es Pipirno?
Dale, respondeme
Dale, no seas malo
¿Dónde está Wally?
¿Venís siempre a bailar acá?
¿Ventanilla o pasillo?
¿Bombón suizo o bombón escocés?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué es Pipirno?
¿Qué es Pipirno?
¿¡QUÉ ES PIPIRNO, CHABÓN!?
Pero siempre el mismo mensaje volvía en un Post-it arrugado: “Pipirno”, sólo “Pipirno”.
Me estaban tomando el pelo.
Me estaban manoseando las nalgas.
Se mofaban de mi ingeniosa idea.
Pensé en escribir un cuento con esto mismo, pero no, sería muy inverosímil.
Pensé en escribir una comedia romántica: Chico conoce chica a través de un gato mensajero. Un gato entra en la casa de él. Lo adopta pero el gato se va por días enteros. Él cree que tiene otra casa, que juega a dos puntas. Decide escribir el mensaje en un Post-it: “Hola, ¿este gato va a otra casa?”. El gato, efectivamente, tiene otra casa. Ella recibe el mensaje y responde: “Hola, con otra casa te referís a la tuya, ¿no? ¡Je!” Ahí el tipo, interpretó que por el “Je” se trataba de una chica. Y siguió la charla. Comenzando así una relación romántica basada en mensajes escritos en papelitos Post-it.
Pero no, me llevaría demasiado tiempo escribirla. Y entre la revista, el laburo, el curso de Inicio a la Manufactura del Papel Picado y el libro que estoy haciendo con un amigo, no tengo tiempo ni para desgraciarme en paz.
Aparte muy linda imagen la de un gato que una a dos personas, pero el mundo tecnológico de la actualidad del hoy haría que enseguida se pasen los celulares y siguieran la charla por Whatsapp. Y lo del gato quedaría a un segundo plano.
Todo muy lindo, pero mi caso era más inquietante porque era real y me estaba pasando a mí.
Hubo días en los que no escribí nada. McLovin se iba y volvía de igual modo. Sin mensaje. Así me mantuve por un par de semanas. Dejé que todo se enfriara, pero me mantenía alerta, miraba con desconfianza el todo.
Caminaba por el barrio, recorría la manzana en busca de algo. Alguna pista que me diera con el bromista, con el capo cómico que se estaba riendo de mí. Miraba a la gente a los ojos, les intentaba hacer saltar la ficha poniéndolos incómodos. En el kiosco sacaba charla, todas de gatos y de animales varios, domésticos y exóticos, como para despistar. Pero nada.
Pensé en poner carteles de: “Se busca dueño” y la foto de McLovin. O ser un poco más específico: “Se busca gracioso que gusta de dejar mensajes en el collar de MI gato”. Pero me tomarían por loco. Y no hay nada que odie más en la vida que me juzguen en silencio. Odio esos que te miran con ojos atentos y no te dicen nada. Bajan la mirada y siguen su paso. “Decimelo en la cara, cagón”.
Los días siguientes me olvidé del asunto. No hay nada más relajante que olvidarse de algunas cosas. Mucho trabajo, muchas juntadas por la revista, por el libro; convocar dibujantes; bloggeros; redactores; parapentistas; entrevistar; juntadas; panchos con lluvia de papas, diseño y correcciones me mantuvieron a salvo.
Hasta que una idea me relampagueó en la cabeza.
Llegué del trabajo y lo recibí como de costumbre. Le di de comer como si nada. Le cambié el agua: no toma agua si estuvo mucho tiempo en su plato ni aunque lo maten, la quiere nueva, fresca, si es directamente de la canilla mejor.
Hacía todo de gamulina, para que nadie sospechara nada, con una sigilosidad felina. Comí mirando la tele sin mirarla. Estaba esperando el momento. Atento, mirando cada movimiento. McLovin primero se bañó un poco, dio unas vueltas y después se acostó en el sillón y durmió un rato. Hasta que se despertó y saltó al marco de la ventana pretendiendo libertad.
“Ahí está”, me dije a mí mismo y para mis adentros míos.
Haciéndome el boludo (me sale re fácil) agarré un Post-it y escribí como quien escribe la lista del supermercado: “Pipirno”. Sólo “Pipirno”.
¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Pipirno obtenía una y otra vez.
Pipirno les iba a dar.
Esa noche creo que no dormí. Me acosté, cerré los ojos y al abrirlos eran las 7 a. m. Me toqué la cara y tenía baba. También estaba húmeda la almohada. ¿Qué onda?, si casi no dormí. Buah.
Me levanté y no fui directo a la ventana. Quería saborear la victoria. Hice pis, me lavé la cara, prendí la computadora y me fui a hacer mate. Puse la yerba muy lentamente. Le agregué hojitas de cedrón y esperé que el agua hirviera, sin apurarla.
Comencé a cebarme. Caminé muy, pero muy lentamente hacia la ventana. McLovin y yo teníamos una conexión especial, cuando escuchaba movimientos en la casa y sentía mi presencia en las cercanías de la ventana se hacía presente.
Un paso, dos, el cuadro que me proyectaba la ventana aumentaba. Tres, cuatro, la imagen ya casi tomaba toda mi visión. Cinc… McLovin se adhirió al vidrio como salamandra húmeda.
Le abrí, saltó en busca de comida y quizás de un toque de mimos. Ah, no, no, primero comida. Está bien.
Vi que tenía un papelito en el collar. Me movía rápido atrás de él, como Rocky intentando atrapar la gallina de “Rocky I”.
Le puse comida en el plato y mientras se desesperaba por su desayuno continental le arranqué el Post-it del collar.
Leí con estupor:
“¿Qué garcha es Pipirno?”

Sebastián Culp
2015












23 agosto 2015

Una mierda todo, ya sé

Entro a un local, camino con cierta decisión hacia el mostrador. No es: wooo, qué decisión tiene el chabón, pero bueno, me defiendo. Hay dos empleados. Están al pedo, charlando entre ellos. Un paso más, dos, tres. Es el local más largo del mundo. Medio metro me separa. Ellos dejan de hablar y me miran. Los dos me miran a mí. Sus dos pares de ojos recaen sobre mi persona. Me miran directo a los ojos, y me escanean de arriba abajo, pero no mal, sino como aguardando amablemente mi inquietud como potencial cliente.
Ahí sucede.
¿A quién miro?
¿A cuál de los dos me dirijo?
¿Cómo encaro la pregunta, la consulta, la duda?
¿Cómo corno rompo ese estado?
¡¡Los dos chabones me están mirando exactamente con la misma actitud!!
Loco, ¿por qué me miran los dos?
¿Por qué uno no espera por mi consulta y el otro atiende sus cosas en otro lado?
Mi elección de a quién mirar, desactiva automáticamente al otro.
Mi decisión, sea cual sea, va a dejar mal a uno de los dos empleados.
Mi inclinación por uno va a decir, “¿Sabés qué?, creo que él tiene mejor impronta de vendedor. Vos, en cambio, me das medio nabo”.
20 centímetros.
El corazón se acelera
Revoleo la mirada por el local estirando el momento.
Antes exageré, ahora sí es el local más largo del mundo.
10 centímetros
Listo, tengo que elegir.
Sea lo que sea tengo que mirar a uno.
Llego al mostrador, resuelvo sin resolver nada:
Hago mi consulta alternando la miradita como un boludo.
Primero a uno: “Hola, si ¿qué tal?”, después al otro: “Estaba buscando unos regatones anatómicos de goma”, para volver la mirada al primero. “así, como estos…”.
Una mierda todo, ya sé.

Sebastián Culp
2015

17 agosto 2015

Las fanpages de moda

Las fanpages de “humor” se multiplican como Gremlins comiendo un choripán después de las 12 bajo el agua. Hay tantas que ya no importa. La cifra de estas páginas para el entretenimiento del oficinista paspado crece de una manera tan abrupta que se devalúan. Pierden valor, la gracia, la calidad.

Pero que "diver" que son ¿no?

"Me lo contó un señor alto"
“Lo escuché en el ascensor”
"Lo escuché en el premetro"
“Lo escuché en la sala de espera del proctólogo”
“Lo escuché en un bar, de una mesa al lado de la mía”
“Lo escuché en un mini-grabador, después de dejarlo escondido en la cartera de mi mujer”
“Es de progre arrepentido”
"Es de conservador levemente tirado a la centroizquierda"
“Cheto con Topper”
“Cheto con llantas”
“Cheto con campera de gimnasia”
“Lo vi en un baño público de Once a las 3 y cuarto de la mañana”.
“La gente se anda guardando las cosas para sí”
“Me pasó en un aliscafo”
“Me pasó en un privadito”
“Adiós, pero vuelvo, no te preocupes, nos vemos en un rato”.

09 agosto 2015

Fotonovela: La mejor noche de mi vida

Foto 1
Mi hermana cumplía 15.
Mega fiesta.Mega hiper salón.Muchos invitados.Comida abundante.Me puse un traje por primera vez en mi vida.9 años, casi 10. Sí, por más raro que parezca, después de los 9 vienen los 10.Fui al peluquero esa misma tarde para que me confeccione un muy respingado jopo.




Foto 2 
Ya en la fiesta estaba exultante, pero algo desorientado. Muchas luces, mucha gente. Durante la comida fui mesa por mesa convocando a mis primos y amigos para ir al piso de arriba. Parece que había descubierto un cuarto oculto que prometía ser la gema de la noche. 
Pero mi primo, Juanpi, tenía otra idea al respecto





Foto 3 
Subimos, según mi plan, al cuarto mágico. No pasó nada de nada. Era más divertido mirar “Indiscreciones” con Lucho Avilés. En eso me di cuenta que Juanpi no estaba. Bajamos. Lo busqué por todos lados: mesa de sus padres, barra, debajo de la mesa de los padres, escaleras, rincones varios, carrito de dulces que aguardaba la llegada de la “mesa dulce”, baño, cabina de DJ. Nada. Alguien me dijo que lo vio bailando. “¿Bailando? ¿Adónde?”, pensé, mientras buscaba con la mirada y la boca abierta.
Entre las altas quinceañeras logré divisar, en el mismísimo centro del universo, digo, de la pista, a mi primo bailando como un John Travolta de 8 años y 1 metro de altura.
Me acerqué y no solo bailaba en medio del enjambre de chicas, sino que bailaba con DOS de ellas. Era un jeque árabe con corbata y dientes de leche.
Sin dudar me puse a bailar al lado de él.
La noche tomó otro rumbo.
Bailamos sin parar.
Estábamos imparables.
Eufóricos.
Pero todo tiene un límite.

Entre las altas quinceañeras logré divisar, en el mismísimo centro del universo, digo, de la pista, a mi primo bailando como un John Travolta de 8 años y 1 metro de altura.Me acerqué y no solo bailaba en medio del enjambre de chicas, sino que bailaba con DOS de ellas. Era un jeque árabe con corbata y dientes de leche. Sin dudar me puse a bailar al lado de él.La noche tomó otro rumbo.Bailamos sin parar. Estábamos imparables.Eufóricos.Pero todo tiene un límite.




Foto 4
Fin de fiesta





Foto 5
Atención: Las imágenes que siguen a continuación pueden herir su susceptibilidad




Foto 6
Y esta, puede herir aún MÁS su susceptibilidad.












04 agosto 2015

Soy un Susano

En cada trabajo o arreglo del tipo hogareño mi papel es el del “ayudante”. Soy tan inútil que solito voy a parar ahí. Cedo el lugar (sin decirlo, claro) al que sabe. Y el otro, que seguro ve mi temple más bien errático, gana en la posición y se acomoda en su sitio. Y yo en el mío. Que cómodo no estoy. Me siento un inservible. Una delicada señorita de 1,85 metro, medio fofo y mastodonte. Pero ojo, peor sería estar haciendo lo que ese cristiano está haciendo. Peor sería estar tirado por media hora martillando de rabona un zócalo quebrado. Peor sería estar en el último escalón de una escalera enclenque al borde del abismo de un balcón de 7 pisos, intentando poner una tortuga en el techo. Así que no, no me quejo. Porque por otro lado hago re bien mi tarea. Soy un engranaje fundamental de la “maquina”. Mi mamá me dijo que soy tan importante como el otro. Que sin mí la cosa no se podría hacer. Y no, la verdad que no, porque paso en tiempo y forma el martillo; sé distinguir perfectamente entre el destornillador Philip y el otro; soy un experto buscador de los más excéntricos pedidos: “Buscame un tornillito de base chata, como este”; enchufo la agujereadora en el aplique con una calidad re zarpada; soy un capo en sostener la escalera para que no se mueva; y sobre todo tiro comentaros re atinados. Onda: “Uy, está jodido, eh”. En eso nadie me gana. En eso y en mirar sin pestañar la tarea realizada por el otro, de pe a pa. Aunque me agarre la tortícolis de mi vida por mirar el techo en un ángulo completamente supina. No importa, mi misión es esa y tengo que dejar todo. Ir hasta el fondo. Como el encargado de pasar los bisturís y las pinzas al médico en una operación de corazón abierto; como el que infla las gomas de la Ferrari en la Formula 1; como Marcelo Iripino, que se mandaba tremendos largos de pecho en un mar de cartas, y le llevaba, esa, la ganadora a Susana Giménez, con una destreza increíble. 
Porque la cosa es aceptar tu condición: Y yo, en los arreglos domésticos soy el ayudante. ¡Y qué bueno que soy!

Sebastián Culp
2015

02 agosto 2015

Pelear es malo

Estás discutiendo con alguien, la cosa se caldea, entendés que la pelea a piñas es una posibilidad, bueno, frená un poco, pará un segundo. Mirale las manos, mirá en detalle los nudillos: ¿Están curtidos? ¿Tiene la piel quebrada? Mirale los dedos: ¿son anchos como listones de madera? ¿Ásperos? ¿Manos de trabajo? ¿Resecas? Si ves estas señales, y tus manos son delicadas como miniteteras de porcelana fría, bajá los humos, pedile perdón, decile que tiene razón en todo y mandate a mudar. Perderías como en la guerra.

28 julio 2015

Los novios saludarán en el atrio

Una vez que la pareja de novios es formalmente bendecida, el sacerdote da vía libre a la pasión y dice: "Puede besar a la novia". ¿¡Novia!?, acaba de decir: "Los declaro marido y mujer", ¿existe incongruencia mayor? Un ápice de sentido común, Señor, o acaso somos nosotros los únicos que creemos que debería decir: "Puede besar a la esposa".


13 julio 2015

Contactos del celular

Más aburrido que Cristo en la cruz, agarré el celular. Todo joven moderno del hoy cuando no sabe qué corno hacer agarra el celular. Me vi todos los videos de WhatsApp que bordean la perversión más profunda; respondí a cada uno de los mensajes de los grupos, todas boludeces, claro; scrollee en Twitter y pensé en vano algún tuit genial; chequee mails y me vi las 7589 fotos que vengo acumulando y me prometo bajar a la computadora desde el 2010.
¿Entonces?
Mi diversión estaba en juego.
No podía seguir así ni un segundo más. Mirá si en una de esas me pongo a pensar en cosas de la vida, en “¿Adónde hemos llegado?”; o “Cómo pasa el tiempo”. No, por Dios.
Entonces… ¡pah! La palabra “contactos”, me vino a mí como un rayo espectral del recóndito más allá
¿A ver los contactos que tengo?
Y descubrí algo increíble.
Tengo contactos agendados que no sólo no tengo ni la más remota idea de quiénes son, sino que en muchos casos si siquiera son personas humanas.

Ampliamos:
Tengo 252 contactos, no me hago el capo carismático, hiper conectado con el mundo, eh! La verdad verdadera es que ni sé si es mucho o poco esa cifra, simplemente te describo un dato de la realidad.

Contacto 1: “121724”
¿Quéééééééééééé? ¿Qué carajo es eso? Ni siquiera es un nombre. Será una clave de algo. El password de algún mail o del banco. No tengo la menor idea. Espero que no lea esto algún malhechor con ganas de profanar mis tan preciados e-mails. Porque plata en el banco: Ja-Ja, dale, contante otro chiste.

Contacto 2: “70703”
Otro número. ¿Qué onda? Para mí que borracho escribo números para jugarle a la quiniela. Y después, al otro día, lo olvido por completo. Es más, no me gusta el juego. No sé porqué de borracho pensaría en jugarle a algo.

Contacto 3: “A”
Bien. Vamos mejorando. Una letra de nuestro hermosísimo abecedario. Pero, no, no sé qué insinúa esa firme letra A.

Contacto 4: “Claudia / Franco / Juan
A falta de nombres de contacto: ¡TRES! Tres nombres en un mismo contacto. Con un mismo número de teléfono. Ni la más remota idea de quién es esta gente, che.

Contacto 5: “Débora F. Claro”
No conozco a ninguna Débora. Será alguna teleoperadora de ‘Claro’. Sí, será eso, salvo por el pequeño detalle que tengo Personal. ¿Qué fenomeno?

Contacto 6: “Esther Lerner”
No conozco ninguna Esther con ‘H’. Bueno, sin ‘H’ tampoco ¿Quizás una noche de copas me chamuyé a la tía solterona de Alejandro? Nadie de menos de 50 años se puede llamar “Esther”.
Tranca, no voy a escribir todos los contactos, sólo los destacables. Así después podés seguir con tu scroll matutino.

Contacto 7: “Gaona 2000”
Bueno, una dirección, pero a esta altura no quiero averiguar de qué.

Contacto 8: “Máximo Cosetti”Juro por la Santa Biblia que tengo un contacto bajo este nombre. ¿Qué hay en él? Un número de 4 cifras del que no tengo la menor idea. Alguna otra clave o cifra que no debía olvidar. Bueno, parece que tan importante no era.

Contacto 9: “Raúl”
No conozco ningún Raúl, y lo digo remarcando la R: “Rrrrrraúl”, y para peor de males. No tengo un Raulito así nomás, no. Tengo “Raúl”; “Raúl casa”; “Raúl celular”; “Raúl celular 2”. O sea, no me olvidé un contacto cualquiera, me olvidé una persona que parece era importante en mi vida. Si estás leyendo esto, Raúl, te pido mildis.

Contacto 10: “Santiago Aldano Julio”
¿Quién se llama “Santiago Aldano Julio”? Ah, podría ser Santiago Aldano / Julio. Onda que Julio me lo presentó y/o recomendó. A veces hago esas cosas. Pero el Julio que tengo agendado es reciente. O sea, la teoría se desvanece en un mar de olvido.

Eso mismo, ni olvido ni perdón.

Sebastián Culp
2015



10 julio 2015

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 3

Por Lucila Yañez

Toqué algunos acordes sueltos a modo de acompañamiento del discurso conmovedor que improvisé con el objetivo de pedir disculpas por mi torpeza.
Disculpas que fueron amenamente aceptadas, excepto por Olga que decidió ir a recostarse por un instante.
Luego de un silencio algo incómodo y prolongado les comuniqué que tocaría una pieza especialmente compuesta para ellas.
Una de esas desconsideradas cacatúas, ni aunque lo intente podría recordar su nombre, preguntó cómo se llamaba la canción.
Probando las cuerdas y casi murmurando dije “Mis encantadoras amigas del té de los martes... menos Alegría”.
Alegría irrumpió en un convulsionado ataque de tos al atorarse con una de las masitas que ella misma había preparado para esa tarde.
Antes de que esa desdichada pudiera decir algo al respecto arremetí con las cuerdas del arpa.
En medio del avatar supe mirarla de reojo, estaba bebiendo un sorbo de agua para mitigar el ahogo.
El resto de las mujeres observaba expectante mi rutina.
Era espectacularmente liberador.
El tema musical explotaba frente a sus ojos.
Era fantástico.
Mis dedos se movían al ritmo de aquella armonía rabiosa.
Fue espléndido.
Fue espléndido hasta que, de un momento a otro, mis uñas comenzaron a salir proyectadas de mis dedos cual estrellas ninjas, por sobre el minúsculo auditorio.
En un principio no lo noté, inmersa en un frenesí insostenible continué ejecutando el instrumento.
Con tanta pero tanta mala suerte que cuando Olga regresó al living, tras escuchar los gritos y las risas, recibió un impacto de uña en uno de sus ojos.
Alegría se vio obligada a abofetearme para que dejara de tocar, entre tanto, las demás asistían a la recientemente devenida en tuerta.
Pasados tres meses alguien me dijo que Olga había sufrido un severo desprendimiento de retina.
Por supuesto, ya nunca volvieron a invitarme.
¿Y todo por qué?... por culpa de la impertinente de Alegría.
Siempre esa maldita Alegría.
Apelé a todo para que me viera feliz, pero la felicidad ajena la corroe.
A veces siento pena por ella... ¡es tan tristemente frívola la pobre!

Fin.

09 julio 2015

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 2

Por Lucila Yañez

En medio de la vorágine del acto de manicuría ubiqué la diminuta uña del meñique en el dedo índice derecho y viceversa. A veces todavía me pregunto en qué estaba pensando.
Puedo jurar que era casi imperceptible... pero la intratable de Alegría tenía que regocijarse con ese fatídico error.
Todo empeoró de manera rotunda cuando me sugirió que aprovechara las paupérrimas virtudes del pegamento y, simplemente, las arrancara devolviéndolas cada una a su lugar.
Creo que empalidecí.
Una gota de sudor frío recorrió con agilidad mi espalda.
Era obvio, Alegría no sabía que yo había utilizando un pegamento universal que una vez que pega... nada, pero nada, lo despega.
Como acto reflejo balbuceé que era una elección estética personal y a conciencia.
Alegría hizo un esfuerzo descomunal, debo reconocerlo, para contener su risa, de hecho, sus hombros temblaban discretamente, sus ojos se humedecían sin control, pero lo que valoro es que su boca permanecía rígida, inmóvil.
Tuvo que arruinarlo al preguntar con fingida ingenuidad por qué en la mano izquierda no había alterado el orden de las uñas.
Me sentí perdida y no lo puedo aseverar pero creo que atendí el teléfono sin que haya sonado, sólo para dilatar o evadir este maldito asunto que me ponía en ridículo frente a Alegría.
Mantuve una charla prolongada y bastante amena con el tono.
Por pudor, evité observar a Alegría mientras me pavoneaba junto al teléfono.
Conversé durante tanto tiempo que cuando corté y volteé para ver su expresión, Alegría ya no estaba.
En ese momento de intimidad contemplé mis manos.
Intenté despegar la pequeñísima uña de mi dedo índice, pero se volvió imposible.
Coloqué mi dedo bajo el caudal de agua tibia pero, por desgracia, esto era irreversible.
Sucedió a fines de octubre y yo, ridículamente, aún usaba guantes en público.
Semanas después me supe ganar el apodo de “eremita” entre Alegría y las demás ignorantes del té de los martes.
Comencé a callar durante las reuniones por sentirme, en parte, juzgada.
Ellas se mofaban al verme merendar con los guantes puestos. En realidad era un estúpido placebo, nunca supe por qué lo hice... Alegría se había encargado personalmente de relatar una y otra vez, cada perverso martes, la anécdota de mi sesión de manicure.
Con el correr de las reuniones entendí que debía volver esa peculiaridad a mi favor, y así lo hice.
Estaba dispuesta a recuperar la alegría que Alegría había arrebatado de mis manos.
El primer paso fue presentarme un martes al descubierto, sin nada que ocultara mis extremidades.
Sigo recordando el rostro estupefacto de Alegría y aún hoy continúa generándome la misma satisfacción que en aquel mismísimo momento.
Durante ese evento fui un ángel.
Me lucí abriendo con el filo de mis uñas los complejos cierres de los recipientes de queso untable, también los díscolos paquetes de galletitas que poseen ese patético sistema de apertura con la demoníaca cinta roja, que nunca logra realizar el recorrido completo de abertura.
Pero el gran acierto, o lo que creí que sería el verdadero y magnífico acierto, fue comprarme un arpa.
De inmediato, tomé clases con un talentoso profesor paraguayo.
Nunca lo comenté con ellas, sería una sorpresa increíble.
Luego de la sexta clase estuve preparada para componer un tema.
Tema que, lógicamente, titulé “Mis encantadoras amigas del té de los martes... menos Alegría”.
Mi maestro dijo que el título era algo polémico, yo estimo que se refería a que resultaba algo extenso. Honestamente, no me importaba.
La hora de la venganza había llegado.
Consideré que la situación lo ameritaba y, por primera vez, me pinté las uñas con el esmalte color morado mora.
Pasé la noche en vela junto a mi arpa, practiqué una y otra vez.
En ocasiones llamé al profesor en medio de la madrugada para que me escuchara y aconsejara. Todavía había compases que me generaban duda.
Durante el día decidí tomar un baño de inmersión para aliviar tensiones y relajar las manos que, para ese entonces, estaban entumecidas.
Dormité en la tina hasta que por fin desperté.
Me vestí, maquillé y peiné.
Limpié con cuidado y guardé el instrumento en su estuche.
Telefoneé por última vez a mi maestro.
Y digo por última vez porque el muy grosero hilvanó una serie de enérgicas palabras en guaraní permitiéndome intuir que no me estaba deseando buenos augurios para mi performance vespertina.
Llegué al rutinario té de los martes.
Al entrar con el enorme empaque del arpa no pude maniobrar correctamente y destruí en mil pedazos la impecable y antiquísima vajilla con la que siempre merendamos en casa de Olga.
Mientras todas recogíamos los pocos pedazos que no se habían pulverizado, la dueña de casa permanecía sentada en una silla con la cabeza entre las piernas, recuperándose lentamente de la severa descompensación que acababa de sufrir. Por supuesto, Alegría se descostillaba de risa al mismo tiempo que la abanicaba con un ostentoso portarretrato que enmarcaba el rostro siniestro de un pierrot.
Poco después de ese mal trago, tuvimos que tomar el té por turnos en la única taza que había resultado ilesa del brutal ataque del arpa.
Ahí mismo desenfundé mi arma musical.

Continúa.

Nada más frívolo que la estúpida Alegría - Parte 1

Por Lucila Yañez

Lo admito, no soy una persona simple.
Pienso demasiado.
Podría decirse que soy un ser sumamente profundo.
De igual manera, lo prefiero.
Si no pensara seguramente sería un ser feliz, pero frívolo.
Y si hay algo que no concibo es la frivolidad.
Con esto no quiero decir que sea infeliz.
En absoluto. Puedo estar desconforme o algo frustrada, quizás, pero no creo que eso oculte un perfil de mujer desventurada.
De hecho, podría asegurar que en oportunidades luzco como feliz.
Tampoco es cuestión de ir haciendo gala de la fortuna de uno.
Eso es lo peor que se puede hacer.
Cuando uno se muestra dichoso, la gente parece no soportarlo y ahí radican los verdaderos problemas.
Recuerdo una vez que con mis ahorros compré un set de uñas postizas.
Precioso y muy completo.
Consistía en un pegamento, veinte uñas de un largo formidable y dos limas especialmente diseñadas para modelar a gusto este tipo de implantes de coquetería femenil.
Tan completo era, que incluso traía de obsequio dos esmaltes: uno color rosa bouquet y otro morado mora.
En el fragor de la maravillosa compra lo desplegué frente a, por aquel entonces, mi amiga Alegría.
Sí, así se llamaba.
Odiaba su gracia, siempre despotricó contra la excéntrica elección de sus padres.
Es probable que, en ciertas oportunidades, se sintiera un poco presionada por nosotras.
Todas pretendíamos que su singular nombre se correspondiera con su actitud.
Todas esperábamos con avidez su sonrisa.
Ella debía animarnos en situaciones adversas y divertirnos en ocasiones festivas.
No podría precisar con exactitud cuándo, pero Alegría se convirtió en una persona afligida, taciturna y, por sobre todo, tremendamente malintencionada.
Por consiguiente, no me sorprendió que haya lanzado una mirada apática sobre el kit de belleza de manos y me haya asegurado que ese pegamento no sería efectivo para tal propósito.
Me eché a reír y, señalando una estampa del estuche, le expliqué que ese set estaba absolutamente testeado por una reconocidísima asociación que reúne damas que luchan contra la onicofagia.
Su mirada incrédula me intimidó, así que sólo di comienzo a mi ansiada velada de manicure una vez que ella por fin se marchó.
Organicé sobre la mesa los distintos elementos.
Procuré sintonizar una emisora radial que generara un ambiente relajado y adecuado para desempeñar tal tarea de precisión. Opté por un programa que transmitía temas melódicos entonados por pequeñas lumbreras de la canción, o dicho en otras palabras, por niños que eran acercados a la estación de radio local por padres ávidos de hacer realidad sus propios sueños y no los de sus dóciles hijos.
Leí atentamente las instrucciones de uso.
Fue entonces cuando coloqué la primera gota de pegamento en la cavidad de la uña apócrifa.
Con sumo entusiasmo la presioné sobre mi dedo índice izquierdo y esperé.
Esperé hasta corroborar con pavor que aquella sentencia promulgada por la infeliz de Alegría era total y desgraciadamente cierta.
Releí las claves de uso y repetí la maniobra.
No sólo no obtenía el resultado deseado sino que, además, ya había estropeado tres pares de las tan preciadas uñas de fantasía.
Pude imaginar a la que se decía mi amiga sonriendo socarronamente al ratificar que aquel pegamento de pacotilla era de una inutilidad extrema.
Entonces lo decidí.
Sí, señor.
Resolví con premura maquiavélica servirme de un pegamento de calidad efectiva.
No iba a permitir que Alegría me viera derrotada.
Coloqué con admirable firmeza cada una de esas piezas seudoplásticas.
Las voces de los niños cantores acompañaban coreográficamente mi accionar.
Fue maravilloso.
Eran las manos más bellas que jamás había visto... ¡y eran mías!
Claro que Alegría no pensó lo mismo, inmediatamente después de mostrárselas, notó mi equívoco y me lo hizo saber.

Continúa.